No se puede creer en la caína

Mafia, drogas, salsa y Nueva York. Esta es una aproximación a un tema que escuece y duele a todos los melómanos.

“Cuando sucedió este fenómeno la situación de las drogas no era tan grave como lo es hoy”, contó Cheo Feliciano en una entrevista realizada en 1988. “En aquel tiempo (se refería a la época del apogeo del Sexteto de Joe Cuba) nadie sabía y cualquier persona traía esto como algo nuevo y decía ¡esto es chévere!, ¡qué nota!, vamos a probar pa’ que tu veas… Y no sabíamos de los peligros ni nada”.

Bob Colacello
, editor del magazine Interview y cronista de la época, coincide con Cheo. “Se pasó de algo que la gente trataba de ocultar, excepto entre amigos cercanos, a algo que la gente daba por hecho, y compartió abiertamente… Ninguno de nosotros pensó que la cocaína era peligrosa, o incluso adictiva, en aquel entonces. La heroína estaba fuera de nuestras posibilidades (Cheo, estrella de la música, si que fue adicto a la heroína), pero la coca era como un licor, un combustible para la diversión, no para la auto-destrucción”.

Y en efecto, entre mediados de los 60 y finales de los 70, la cocaína fue en Nueva York una especie de baby boom, bendecida por algunos medios de comunicación y presentada ante el gran público como un exceso típico entre las celebridades y la gente inn. La idea generalizada de esta “alternativa feliz” a los efectos tóxicos de las populares anfetaminas, justifica de alguna manera la carátula de Latin Conection de la Fania All Stars, y demuestra que todo el mundillo musical, como mínimo, vio lo que sucedía.

Cheo Feliciano es, en medio de esta valoración histórica, un caso con final feliz, pues fue tocado, hundido, rehabilitado y otra vez convertido en ídolo por parte de una comunidad que se condolió de su drama, e incluso lo sintió más cercano a la calle y al pueblo por haber caído tan bajo.

A Cheo lo tocó la droga cuando estaba con Joe Cuba y lo hundió cuando cantaba para Eddie Palmieri. Y en diciembre de 1969, cuando acompañaba a Kako Bastar en una gira por Puerto Rico no pudo más y acabó pidiendo ayuda. El cantante estuvo en una clínica, luego ingresó en los Hogares CREA y estuvo en tratamiento durante tres años. En ese interín de tiempo fue constantemente visitado por sus amigos Tite Curet Alonso, Bobby Valentín y Nick Jiménez, y entre ellos organizaron su vuelta a los escenarios, respaldada por Jerry Masucci, y la grabación del álbum que incluye uno de sus mayores hits, Anacaona. Cheo recuerda que Anacaona se ensayó en CREA y cuando la sintió bien le pidió permiso al director de la institución para viajar a Nueva York y grabarla.

Los Hogares CREA es una entidad privada fundada en 1969 en San Juan de Puerto Rico y dedicada al tratamiento de dependientes de la droga. Hogares Crea Inc., que quiere decir Casa de Re-Educación de Adictos, fue creada por Juan José García Ríos y aunque la idea no era novedosa, tenía algo llamativo: según su plan, todos los departamentos debían estar coordinados por ex adictos. Más trabajo, por supuesto, pero más facilidades para el apoyo económico que llegó casi de inmediato. Y se formó una comunidad, un movimiento con una buena energía, y una orquesta.

“El adicto tiene cura, CREA lo asegura”, dice el lema de una institución que según algunas fuentes ha tratado a 35.000 personas en 164 centros de 9 países. “La música es nuestra cura, Impacto Crea se lo asegura”, es entretanto el lema de esta orquesta que fue creada en 1970 por tres internos, quienes recibieron instrumentos donados por agrupaciones y amigos, y lanzaron su primer álbum en 1971. La visita de Masucci a Cheo resultó decisiva para que firmaran con Vaya Records, filial de Fania. Entre esos fundadores estaban Carmelo Rivera, director musical años atrás de la Sonora Ponceña; y Frankie Hernández, quien ingresó a Hogares CREA abandonando la orquesta de Bobby Valentín, agrupación con la que hizo temazos como Huracán, y dejó su puesto de cantante en manos de Marvin Santiago.

La historia de Marvin es más conocida. El sonero entró a ese mundo en 1969. “Me metí droga por ‘tos laos’”, dijo alguna vez. “Usé heroína, cocaína; no me metí LSD porque tenía miedo que me metiera eso y me tirara de un edificio”. Y es que en aquellos años se realizó en Estados Unidos una gran campaña mediática con el slogan Speed Kills, que advertía de los veloces efectos de las pastillas. La campaña hizo mella, pero estudios posteriores han demostrado que muchos de quienes huían de las pastillas, como Marvin, entraban en el mundo de la cocaína como una alternativa menos tóxica.

Marvin Santiago acabaría condenado a diez años de prisión por tráfico de drogas en 1980. El siempre defendió que fue lo mejor que le pudo pasar, pues lo alejó de las calles y lo acercó a la religión, Sin embargo, el sacrificio fue enorme. Eso si, al igual que Cheo, gozó de privilegios impensables para otra persona que no fuera un ídolo popular como él. Grabó tres álbumes mientras estuvo en la cárcel y uno durante su libertad condicional.

Condenas relacionadas con el tráfico de drogas afectaron también a Daniel Santos, que entró y salió de varios encierros breves en diferentes países porque en los aeropuertos siempre lo pillaban con su dosis personal de hierba; a lo que él argumentaba que era una prescripción médica.

No tuvo tanta suerte Luis Melón Silva, encerrado cuatro meses por tráfico. Melón, mucho antes de formar Lobo y Melón y de grabar con Johnny Pacheco, tuvo que esperar ese tiempo hasta que se comprobó que la droga se la había metido un desconocido en la maleta.

Y menos suerte tuvieron Rafael Cortijo e Ismael Rivera. Maelo estuvo dos años en la Prisión Militar de Kentucky y Cortijo estuvo internado en uno de los programas de rehabilitación Apra. Tite Curet Alonso contó en una entrevista de 1991 que la droga la llevaban los dos artistas desde Ciudad de Panamá, en cuyo aeropuerto, por cierto, han caído varios músicos aunque de otros estilos musicales. Apra es la sigla de Addiction Prevention and Recovery Administration, un programa estatal creado en Washington por aquellos años.

Todas estas historias de cantantes-ídolos populares nos lleva a los casos de quienes no pudieron salir del problema.

Mon Rivera era el rey del trabalenguas y un verdadero embajador del folclor puertorriqueño donde quiera que estuviera. Tras grabar en 1961 Que Gente Averiguá para el sello Alegre y dar el primer campanazo sobre la utilización de trombones en la música del Caribe urbano, desapareció del ambiente. Otra vez una iniciativa de Tite Curet hizo que se le buscara y se le sacara de los “metederos de vicio” para grabar con Willie Colón Se Chavó el Vecindario en 1975 y revivir ante el público. Pero ese vicio había hecho mella y su cuerpo estaba tocado por otras enfermedades y baja de defensas, falleciendo tres años después.

A Chamaco Ramírez lo encontraron agonizante en una calle solitaria del South Bronx en la madrugada del domingo 27 de marzo de 1983. Tenía un impacto de bala en la nuca y otro en la mejilla y murió mientras era conducido al hospital más cercano. El crimen nunca se esclareció, pero el ataque mortal ocurrió en un sitio de habitual trapicheo de drogas. Chamaco solía ir armado y había tenido más de un devaneo con la heroína y había estado en la cárcel por diferentes delitos federales.

En Ramírez está, por supuesto, la terrible evidencia del flagelo de las drogas, pero también de la mitología que ha surgido alrededor. Ninguno de los malos pasos del gran sonero está fundamentado. Todo consiste en “yo creo que”, “dicen que”, “puede que” o “no sería nada raro, aunque no me consta”. Ya se le había dado por muerto mucho antes de su real homicidio, por ejemplo. Asimismo, cuando murió Daniel Santos de un infarto, siete medios de comunicación le adjudicaron siete asesinos diferentes.

Y entre menos se sabe del músico, mayor es la especulación. Ralfi Pagan, por ejemplo, fue asesinado en Barranquilla en 1978 y con su muerte se ha relacionado a marimberos y narcos hasta la saciedad; incluso a miembros del mundillo discográfico. Sólo sus allegados y seres queridos describen la insensatez de estas especulaciones, pues cuentan que era un tipo tranquilo y abstemio que, al parecer, sólo estuvo en el lugar menos indicado y en el peor momento posible.

Un caso parecido en especulaciones, aunque este debido a otra razón, fue el de La Lupe. La Reina del Soul Latino tenía una personalidad tan excéntrica, un trato tan pasional y una dependencia tan grande de las curaciones y los remedios santeros, que decir que era drogadicta era pan de cada día en el Nueva York latino de los años 60. Y medio siglo después se sigue especulando sobre su relación con las drogas, pero nadie ha sido capaz de asegurar cuando, como y donde.

En fin, que la droga no permitió que disfrutáramos más tiempo de un gigante del soneo como Ray Saba (1991), del inolvidable e inigualable Héctor Lavoe (1993), y de una maravilla de cantante como Frankie Ruiz (1998); todos ellos fallecidos a causa de enfermedades derivadas del uso de jeringuillas y otros instrumentos de consumo que estaban contaminados. Pero con ellos llega una curiosidad póstuma.

Tuve la oportunidad de ver en directo, al igual que muchas personas, a algunos de estos cantantes que, aún en el peor estado posible de dependencia, cantaban sin perder la clave. Y si se les olvidaba alguna estrofa, surgía el soneo, la improvisación y hasta el scat. ¿Cómo es posible? Médicamente no hay un diagnóstico. Cualquier tipo de droga merma la capacidad de raciocinio mental y altera la dicción, pero ellos cantaban como si nada. Yo creo que eran geniales.

En una entrevista en Bogotá en 1982, Mongo Santamaría recordaba: “Yo tenía un timbalero dominicano que era una maravilla, Carmelo García, una maravilla… Era tan bueno que cuando llegó a Nueva York puso a Tito Puente a correr; un fenómeno, se trajo a su mujer y todo, pero conoció a una señora que disque era millonaria y de millonaria no tenía nada y se lo llevó a California, y de allá lo tuvo que traer Johnny Ventura y mandarlo a rehabilitación a Santo Domingo… Una pena”.

Rasgos de genialidad que no pudieron impedir el descontrol en sus relaciones y sus trabajos. “Si vas a emborracharte, emborráchate, pero toca eso primero. Si no puedes tocar, te boto. Yo tengo ciertas reglas… Te quiero mucho, pero no, te vas”, les solía decir Charlie Palmieri a los músicos que incumplían con sus compromisos.

El caso diametralmente opuesto, el del grupo que sanciona a su líder, fue el de los músicos de la orquesta de Héctor Lavoe. Según contó Gilberto Pulpo Colón en una entrevista en 2008, “ellos ya estaban cansados. Estaban en un hotel en Puerto Rico y el check-in del hotel no estaba pagado. Y no se conseguía ni al promotor ni al director y la gente del hotel quería su paga y los querían botar… Los músicos (me imagino que hicieron antes una reunión), lo dejaron y se regresaron a Nueva York”.

Pero Charlie Palmieri también recordaba en 1982: “De los músicos que han pasado por mi orquesta, nueve han muerto directamente de la droga”. Y evidentemente, cantantes como Manny Román pasaron por problemas con sus bandas y murieron más tarde. Y tanto Palmieri como Mongo puntualizaban en aquel año que hubo una especie de “moda” de adicción entre los trompetistas. Estos no necesariamente se engancharon a la droga en orquestas latinas, sino posiblemente en sus trabajos para estrellas del rock y del jazz. Uno de ellos era Nat Pavone (“tocaba divino”, decía Charlie); otro, Paquito Dávila; y uno que la gente recuerda todavía, Ray Maldonado.

Este último murió en septiembre de 1982 dos días antes de irse a una cura de desintoxicación en Minnesota, donde funcionaba uno de los centros nacionales de ayuda al toxicómano. Otro, más recurrente para los músicos, quizás porque estaba relativamente cerca de Nueva York, era el Central Kentucky Regional Mental Health Board, donde estuvo Markolino Dimond tras pasar por la Orquesta Dicupé. Lo malo en este caso es que el tratamiento resultó muy costoso y el pianista no tuvo la continuidad, imprescindible para salir del hueco. Volvió a Nueva York y aceptó dos contratos: uno para el debut en solitario de Ismael Quintana y otro para el debut en solitario de Héctor Lavoe. Luego volvió a intentar la rehabilitación y volvió a recaer, y así hasta su fallecimiento.

Historias similares, como ya se ha manifestado, hay muchas y algunas macabras. Pulpo Colón contaba de la siguiente manera la tragedia de los congueros que tocaron con Héctor Lavoe desde la llegada del pianista a la banda: “El primer conguero fue Papo Conga (Arturo Puerto) que tocaba con Machito y que murió de sobredosis en California. Lo reemplazó Julito Castro, y cuando este fue preso por una semana, entró Latin Joe Colón, que tocaba con Ralph Robles… Lo mataron y lo encontraron en un buzón en pedazos… Y era un bravo, Latin Joe Colón. Después regresó Julito Castro y volvió a la cárcel, y ahí yo traje a Eddie Montalvo”.

Pero repito. No son casos exclusivos de la salsa. Esto se dio en todos los géneros, porque eran estrellas de la música en contacto diario con toda la violencia y tentación de la calle y de la noche. Y si el mundo de la música estaba en problemas, el del cine estaba hundido. Citemos sólo un caso de los cientos que había. Richard Pryor, el famoso comediante afroamericano en 1980 estaba en libertado condicional. Se puso a “meter perico como un loco”, según dicen, y acabó mezclando cocaína con etanol y se quemó vivo. Lo salvaron de milagro y volvió a actuar. Hizo Brewster’s Millions, que fue un éxito, tuvo una nueva recaída, comenzó a padecer arterioesclerosis, y volvió a resurgir cuando le ofrecieron un papel de estafador en Condición Crítica, de Michael Apted.

Precisamente en esa película también le ofrecieron un pequeño papel de enfermero a Rubén Blades. Aceptó porque, según sus propias palabras, “había leído más de 15 guiones en los últimos seis meses. En la mitad querían que actúe como un vendedor de cocaína colombiano y en la otra mitad como un vendedor de cocaína cubano”. Y fue precisamente en ese momento en que salió a la luz el segundo de sus trabajos con su nuevo grupo, Seis del Solar, Escenas, que incluye la contundente canción sobre las drogas, Caína.

José Arteaga
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